Bienestar
El escaneo del cuerpo
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“El Sr. Duffy vivía a una corta distancia de su cuerpo”.

James Joyce. 

La experiencia de habitar nuestro cuerpo es, cuanto menos, extraña en los tiempos que corren. En realidad, lo “ocupamos”, “estamos en él”, pero sin conciencia, sin sentirlo ni tener una conexión profunda con sus manifestaciones. Quizás ante una sensación intensa (muy agradable o desagradable) podamos redirigir nuestra atención hacia él. Sólo en esos casos. 

Así las cosas, es evidente que se nos pierda también, por ejemplo, el impacto que la mente ejerce sobre el cuerpo en la mayor parte de nuestro día. 

En nuestros entrenamientos basados en la atención plena (Mindfulness), las personas suelen preguntarnos por qué comenzamos llevando la atención al cuerpo, por qué desde la primera clase trabajamos concentrando nuestra energía psíquica en él. ¿Qué hay de importante en el cuerpo? ¿Cómo podría reducir el estrés o modificar la forma en la que afronto las dificultades de mi vida cotidiana la acción de llevar la atención a mi cuerpo? 

En realidad, ya sabemos bastante sobre la importancia de atender y cuidar nuestro cuerpo con conciencia, hemos acumulado un buen porcentaje de investigaciones que nos alertan sobre el rol activo que debemos asumir para protegerlo, aunque aún resta mucho por investigar y conocer.

Básicamente, sabemos que cuando estamos atentos a nuestro cuerpo, podemos reconocer/prevenir estados dañinos o noxas que atenten contra nuestro bienestar. Las personas que sufren un evento cardíaco o un accidente cerebrovascular, por ejemplo, en general han tenido algunas manifestaciones previas de que algo no funcionaba bien en sus organismos, pero no han sido sensibles a esa información.

En la práctica de Mindfulness (atención plena), decimos que lo grande, lo intenso, lo sintomático en el cuerpo, siempre fue primero sutil, pequeño… comenzó desde lo imperceptible, hasta crecer y transformarse en otra cosa. Por eso le damos mucha importancia a la interocepción, que es la capacidad de conectar con profundidad con nuestras sensaciones corporales (internas y superficiales). Algo muy importante es destacar que esta capacidad se desarrolla, se entrena, por lo que podemos trabajar para conocernos mejor.

Ahora bien, ¿en qué consiste el entrenamiento? Básicamente, en comenzar a pasar nuestra atención a un registro sensitivo, a la sensación pura, y no a nuestro concepto de ella, a nuestra idea. Muchas personas, puestas a sentir el cuerpo, piensan en él o hacen visualizaciones complejas donde proyectan su propia imagen en una pantalla mental. Es difícil sentir… y sentir sin pensar, porque gran parte de nuestra experiencia transcurre en este otro registro.

También es muy difícil sentir nuestro cuerpo cuando lo que encontramos no es lo que esperamos: dolor, ardor intenso, puntadas, cosquilleos incómodos… cuando transitamos una enfermedad solemos tener esta desesperanza y frustración. ¿Para qué conectarnos con ella? 

Básicamente, es necesario reconocer cómo me siento, cómo estoy física y mentalmente, más allá de que la experiencia inicial sea desagradable. Quizás el primer impacto puede ser angustiante: parece que los síntomas SON EL CUERPO. Gran error, los síntomas son estados momentáneos de ciertas partes de nuestro cuerpo, donde quizás haya cierto funcionamiento sistémico que no es saludable, pero mal podemos asumir que sólo somos “enfermos o defectuosos”, a secas.

Más bien cabe pensarnos como seres vulnerables “visitados” por síntomas que nos dan información sobre cambios importantes a realizar, y considerar que buena parte de nuestro organismo permanece sano, funcional. Como dice Jon Kabat-Zinn, “hay mucho más de bueno que de malo en tu cuerpo”. Aprender a transitar los estados internos de nuestro cuerpo (y por supuesto, de nuestra mente) implica un acto de valor y por supuesto, de gran compasión por nosotros mismos, donde tenemos la suficiente objetividad de sentir todos los fenómenos que aparecen y no sólo aquellos asociados a nuestra enfermedad o condición clínica.

A continuación, un ejercicio que nos ayudará a reconocer a nuestro organismo como una morada sagrada, única y especial para cada uno de nosotros. Podés grabarlo con tu voz para luego hacerlo.

Escaneo Corporal

Recostate sobre una colchoneta, una manta o una alfombra en el piso. Es mejor que lo hagas aquí que en la cama, ya que la tendencia en este otro lugar es a dormirnos.

Cerrá los ojos o mantenelos fijos hacia arriba. Comenzá a sentir el apoyo del cuerpo en el piso: el contacto de la cabeza, de los omóplatos, la espalda media y la zona lumbar. Sentí los brazos al costado de tu cuerpo, primero uno, desde el hombro y la axila, hasta la mano y cada uno de los dedos, y luego el otro, desde el hombro y la axila, hasta la otra mano y cada uno de los dedos. Intentá sentir, no pensar, mantener la atención constante en tu cuerpo.

Ahora sentí el apoyo de los glúteos e isquiones: temperatura, textura, cosquilleos, vibraciones, cualquier pequeña sensación que aparezca en estas zonas. No intentes controlar nada, inclusive los pensamientos y emociones que aparezcan. Simplemente date cuenta que aparecen, que se presentan con cierta intensidad (a veces la pregnancia de un pensamiento puede ser muy fuerte), pero que luego se disuelven, van y vienen, van y vienen.

Luego continuá llevando la atención desde la parte superior de la pierna hasta la parte posterior de la rodilla, y desde allí hasta el talón. Inhala, exhala con plena atención sintiendo que llevás la respiración a esta zona. Luego continuá con la otra pierna, hasta llegar al talón también.

Dale mucha importancia al acto de volver al momento presente cuando tu mente se va hacia el futuro o el pasado, se aferra a lo que le gusta o a lo que quiere rechazar. Se preocupa, se inquieta, anticipa, en fin, se pierde en constantes ensoñaciones.

Sólo volvé al presente, ayudate con la respiración para volver cada vez que te distraés.

Una vez completado el escaneo de las zonas que apoyan con el piso, voy a pedirte que sientas la parte superior del cuerpo: los pies, las tibias, las rodillas, las piernas, la zona de genitales, la pelvis hasta la cintura. Luego llevá plena atención a la zona del vientre, el abdomen, el pecho, y por último continuá hacia los brazos, la garganta y el rostro, cada parte del rostro, de manera sutil y detallista.

Intentá no saltear zonas, no perderte en pensamientos, sino volver, y conectar con la respiración de un momento a otro.

Sentí que estás aquí, ahora, en este momento y sólo en este, y que podés transitar todo lo que aparece, con plena aceptación, sin juzgar, sin querer eliminar, sin negar, con plena aceptación. Momento a momento. 

Para finalizar, tomate un momento para estirarte, aflojarte, y salir finalmente de manera suave de la posición. Reconocé el tiempo y el esfuerzo dedicado a la práctica del escaneo, de la atención plena. Sentí que podés revalorizar tu cuerpo, habitarlo.

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