Entrevistada: Dra. Gabriela Cinat
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La imagen que Gabriela Cinat deja en quienes la conocen es bien diferente de la del científico frío y distante. Directora de la Unidad de Melanoma y Sarcoma del Instituto de Oncología Ángel Roffo, un centro de excelencia en la investigación y el tratamiento de la enfermedad, confiesa que llegó a la oncología atraída por el desafío humano. “Cuando terminé mi carrera de médica opté por lo que me parece el mejor sistema de formación, que es la residencia, y dentro de las residencias a las cuales podía llegar, elegí la oncología por el desafío que implicaba trabajar con estos pacientes –afirma–. No solo porque el cáncer es el “cuco” entre las enfermedades sino porque me parece que hay que pensar en el paciente con cáncer y no en una enfermedad aislada. Hay que abordarla desde diferentes puntos de vista y eso hace que uno no solo necesite un buen entrenamiento académico, sino también una buena formación humana. Y, fundamentalmente, pasión.” 


 

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Es conocido entre los médicos que la oncología es una de las especialidades más exigentes. En los Estados Unidos, cuando un médico se decide a hacer la residencia en cáncer le advierten que se prepare para lo que tendrá que enfrentar, por el rigor del entrenamiento y también, por las complejidades del trato con el paciente, la frustración cuando no se puede llegar a controlar la enfermedad, y por tener que enfrentar el dolor, que lo convirtió en una de las enfermedades más temidas. ¿Qué significaba en sus comienzos tener que enfrentarse a todo esto, a la exigencia profesional y también, a seres humanos que sufrían mucho más de lo que se sufre hoy, porque actualmente se cuenta con otras herramientas? 

–Uno tiene que pensar que la actualización en esto es fundamental. Y poder contener no solo al paciente, sino también a la familia, especialmente, cuando uno trata con chicos o con adolescentes. Lo que apasiona es la dificultad y la necesidad de que alguien se haga cargo de todo eso. En un momento a mí me preguntaron por qué había elegido la oncología y si yo me veía frustrada, sobre todo cuando empecé. Hace veintitrés años, cuando me inicié como residente aquí, en el Instituto Roffo, pensé: “algo voy a poder hacer por estas personas; si no curarlos, reconfortarlos, aliviar su dolor o acompañarlos”. Soy de los que creen que uno puede hacer más de lo que piensa inicialmente; y tiene que tomarlo con cariño, con pasión, porque es un desafío diario.

–¿Eran distintos los pacientes de hace décadas?

–Sí, muy diferentes. Cuando nos juntamos con los compañeros de esa época recordamos qué hacíamos antes y vemos lo que hacemos ahora, cómo nos posicionábamos frente a los tratamientos, porque no solo evolucionaron los fármacos oncológicos sino todo lo que es el soporte para poder tolerar los medicamentos. Eso es fundamental, lo mismo que el tema de los cuidados paliativos, por ejemplo. Antes recurrían a ellos los pacientes “que ya no tenían nada que hacer”. Yo creo que los cuidados paliativos deben comenzar prácticamente cuando el paciente tiene algún síntoma y acompañar, porque muchas veces no alivian el dolor o los síntomas propios de la enfermedad, sino las molestias causadas por el tratamiento. Eso hace que tengamos que mirar al paciente desde un punto de vista multidisciplinario desde el inicio.


 

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“ Los cuidados paliativos [...] muchas veces no alivian el dolor o los síntomas propios de la enfermedad, sino las molestias causadas por el tratamiento. ”

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–¿A qué se atribuía el cáncer cuando usted comenzó como oncóloga? ¿Cuáles eran las hipótesis más importantes?

–Hace poco cayó en mis manos una revista Pebete, de 1912, y había un artículo de varias páginas sobre el cáncer. Me llamó mucho la atención leer que ya había bastantes cosas que se conocían. Muy curioso realmente, porque ya tenían conceptos claros como, por ejemplo, que la cirugía era importante, que los tumores había que sacarlos con cierto margen. En ese momento estaba la teoría del agente infeccioso, pero también había conocimiento sobre agentes químicos, físicos, como generadores del cáncer. Y curiosamente, Ángel Roffo, cuyo nombre es el que lleva nuestra institución, comienza sus estudios sobre cáncer en un área que estaba en el Instituto Malbrán, que como es sabido se dedica al estudio de enfermedades infecciosas. Allí conoce a su mujer, Helena Larroque, y entre los dos plasman en esta institución su idea de investigar sobre la enfermedad. De modo que el hospital dedicado a la oncología nace de una institución dedicada al estudio de enfermedades infecciosas.

–La idea de la infección dominaba la medicina en momentos en que no había antibióticos. Tal vez por eso, Roffo enfocó el cáncer bajo el influjo de esa metáfora que dominaba la imaginación de la época.

–Roffo, que fue propuesto para el Premio Nobel, fue más allá: por ejemplo, describió compuestos del tabaco que podían generar cáncer. Personalmente, creo que como país de alguna manera siempre estuvimos en la vanguardia [de la investigación en cáncer]. 

–¿Cuáles eran los principales tratamientos, en momentos en los que no se podía ni soñar con “la bala mágica” y otros conceptos que ingresaron dentro del terreno de las posibilidades con el avance de la ciencia?

–Primero, estaba la cirugía; después, vino la radioterapia. También acá se trabajó intensamente con ese tema. Y poquito a poco, con algunos descubrimientos hechos un poco por casualidad, la quimioterapia. Al principio, utilizar la quimioterapia era como matar mosquitos con balas de cañón; se usaban sustancias muy tóxicas, que no distinguían células normales de células tumorales, atacaban todas las células que estaban en rápido crecimiento, y así, el paciente se intoxicaba. Por supuesto que esto evolucionó, hoy es muy útil, pero tenemos drogas con un mejor perfil de toxicidad, aunque todavía puede ser considerable. Pero bueno, aparecieron otros recursos y abrieron muchísimo el espectro de los distintos tratamientos oncológicos.

–¿Cómo explica hoy la ciencia qué es el cáncer?

–Primero, hay que aclarar que [los tumores] son células propias que cambian, se transforman; a veces, espontáneamente y a veces, con una “ayudita”, ya sea fumando o tomando sol en exceso. Lo importante es que permanentemente ocurren mutaciones en nuestras células, y hay sistemas, normales, fisiológicos, que se encargan de arreglar esos desperfectos. Cuando esto falla, sobre todo cuando falla varias veces en una célula, se descontrola la proliferación celular normal. Al proliferar descontroladamente, ahí es cuando invade el organismo y se transforma en una enfermedad potencialmente mortal. El punto es entender que, por más que hablemos de tratamientos para el cáncer, lo más importante es prevenirlo. Hay muchos tumores que se pueden prevenir, y en eso estamos mucho mejor que hace unos años cuando yo empecé: con la ley antitabaco, la normatización para la utilización de camas solares (en Brasil, salvo que sean utilizadas con fines médicos, están prohibidas) y toda otra serie de medidas. Hacerse el Papanicolaou, la mamografía..., es la plata mejor invertida. 


 

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“ El conocimiento nos permite encontrar nuevas armas. ”

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–Sin duda, es inconmensurablemente menor lo que se invierte en prevención que el costo de los tratamientos. Por otro lado, el ahorro no solo es económico sino también en sufrimiento de los pacientes y sus familias. En este sentido, ¿cuáles diría usted que son los principales hitos en la lucha contra el cáncer del último medio siglo?

–El conocimiento nos permitió encontrar nuevas armas. Haber descifrado el genoma humano, haber descubierto las diferencias celulares y, sobre esa base, poder atacar las células que tienen diferencias, y eso es lo que las lleva a crecer en forma descontrolada… Esto es lo que nos permite planificar estrategias, no solo contra el tumor sino también para controlar el microambiente tumoral, por ejemplo, o el sistema inmunológico, que es clave para detener el tumor. Muchas veces no entendíamos por qué no terminaban de funcionar ciertos tratamientos o por qué funcionaban in vitro y no en los pacientes, por qué los linfocitos [las células de la sangre que atacan las sustancias extrañas para el organismo] estaban activados, pero con el tumor no pasaba nada. 

–Precisamente, uno de los hallazgos más importantes de las últimas décadas es que el tumor tiene muchos recursos para defenderse del sistema inmune.

–Antes solo nos concentrábamos en la célula tumoral, era una visión demasiado simplista. Hoy, más allá de la quimioterapia, tenemos nuevos blancos moleculares, porque contamos con medicación como los anticuerpos monoclonales, que a diferencia de la mayoría de las quimioterapias pueden ser recibidos por vía oral, con lo cual dañan menos la calidad de vida de los pacientes. Otra idea absolutamente novedosa es el concepto de cronificación del cáncer. Hoy sabemos que hay muchos tumores que no se curan, pero que uno puede detener para que el paciente conviva con el tumor. 

–Uno de los mitos más persistentes que hay en torno del cáncer es que se trata de una enfermedad mortal. ¿Qué cantidad de los pacientes se estima que se curan o sobreviven al cáncer?

–Más de la mitad. Una cardiopatía puede ofrecer una expectativa de vida mucho menor que un cáncer. Pero si una persona recibe un diagnóstico de cáncer es una cosa, y si tiene una enfermedad del corazón es otra.

–La primera causa de muerte en el mundo occidental son las cardiopatías. ¿A qué atribuye esta estigmatización del cáncer? 

–Fíjese que el cáncer tiene un montón de nombres. La gente no lo quiere ni nombrar, para muchos es la palabra prohibida. Creo que esto se basa en conocimientos antiguos; hoy, la gente va más a ver al médico, se detecta más precozmente, se conoce mucho más sobre cómo podemos resolver las complicaciones que surjan. El panorama cambió mucho, la formación de los médicos es más específica. Es realmente diferente. 

–Como investigadora, ¿qué horizonte ve hacia el futuro? ¿A qué apostaría usted como el arma más efectiva, con más posibilidades, para el control del cáncer? 

–Personalmente, creo que no tenemos que dejar nada de lado. Lo ideal sería la detección precoz, la prevención primaria y, si por alguna razón el paciente llega a tener un tumor avanzado, hay varios caminos, pero los blancos moleculares y la inmunoterapia probablemente sean las dos áreas con más potencial para el futuro.

–Y con respecto a la genética, ¿le ve utilidad clínica a los conocimientos en genómica? ¿Cómo pueden traducirse en mejorías para el paciente?

–El conocimiento genera conocimiento. Conocimiento del tumor genera conocimiento sobre nuevas terapias. En este momento, en nuestro país tenemos bancos de tumores [para estudiarlos desde el punto de vista genético]. A lo mejor, dentro de dos o cinco años saber que tenemos determinada mutación nos puede conducir al desarrollo de una nueva medicación, de nuevos avances. 


 

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“ Una vez, una paciente me dijo: ‘Mire, doctora, Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires’. ”

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–¿Cómo diría usted que se está trabajando en el país y cuáles le parece que serían las correcciones que habría que introducir?

–Una vez, una paciente me dijo: “Mire, doctora, Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires”. No sé si sólo en Buenos Aires, pero es cierto que somos un país muy vasto… De todos modos, si uno compara el acceso [a la salud] que existe en la Argentina con otros países de la región, estamos claramente mucho mejor y eso se ve por la cantidad de consultas que recibimos de otros países. Se está trabajando para mejorar el acceso; es importante porque las nuevas medicaciones son costosas, y de la mano con los nuevos avances y el incremento de los costos, tiene que ir el mejoramiento del acceso. Las cosas están difíciles hasta para los países del Primer Mundo que están en una crisis muy importante. 

–En los medios de comunicación se usan frecuentemente frases como “bala mágica” o “remedio milagroso”. ¿Considera usted que este tratamiento del cáncer contribuye a una distorsión de lo que los pacientes esperan de la medicina? 

–Los medios son un arma poderosísima para la educación. Y eso es fundamental porque difunde la importancia de la prevención, de la consulta precoz, enseña a no “consultar” a charlatanes o vendedores de magia. La educación es clave. Los periodistas tienen una responsabilidad impresionante. Un buen ejemplo es el del VIH-SIDA: los medios ayudaron muchísimo a que la gente sepa más y decida cuidarse. A pesar de que venimos muchos más años peleando, nosotros con el cáncer estamos retrasados. Yo quisiera que de alguna manera la información sobre cáncer llegara con la misma fuerza. 


 

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BARRERAS-CULTURALES-PARA-HABLAR-DEL-CANCER