Entrevistados : Enfermeros
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Si los investigadores, médicos y epidemiólogos son decisivos para enfrentar el cáncer, hay un personaje central que muchas veces se pasa por alto: el enfermero o la enfermera. Particularmente, el especializado en tratamiento de pacientes oncológicos. 

Liliana Broggi, que trabaja en el Hospital Alemán; Carlos González, del Hospital Marie Curie; y Aníbal Ávila, del Cemic son todos docentes capacitadores del Instituto Nacional del Cáncer y jefes del servicio de enfermería de prestigiosos hospitales. 

Broggi cuenta que se sintió atraída hacia esta área de especialización desde que estaba en el segundo año de la carrera. “Hacía diversos cursos y decidí inscribirme en uno de Cuidados Paliativos –recuerda–. El destino hizo que empezara a trabajar después de recibida y que durante doce años me dedicara a una especialidad totalmente distinta: los pacientes quemados, en el Hospital Alemán. Pero tuve la suerte de volver a la oncología en los últimos seis o siete años”. 


 

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“ No estamos exentos de los sentimientos que cada uno tiene por el paciente. ”

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Qué tareas tuvo que asumir?

Liliana Broggi. –Primero, en el hospital de día, hacía quimioterapia; ahora, en una sala de internación general, los encuentro porque la evolución se complica o porque la quimioterapia produjo efectos adversos. En estos casi veinte años de profesión, de los cuales estos últimos años estuve con pacientes oncológicos, tuve la suerte de acompañarlos desde el diagnóstico, hasta, muchas veces, ayudarlos en el momento de morir. 

–¿Cuáles diría que son las principales características del paciente con cáncer? ¿Cómo se podría definir? ¿Cuáles son los principales problemas que plantea?

Liliana Broggi. –El principal problema es el diagnóstico. Son personas como usted o como yo, que están haciendo su vida y que de repente reciben la noticia de que tienen cáncer, una palabra que para muchos es sinónimo de muerte. Automáticamente uno piensa: “Me voy a morir”, con todo lo que eso implica desde el punto de vista emocional. Después, piensan que van a necesitar tratamiento y asocian la quimioterapia con los vómitos. “Voy a vivir vomitando”, creen. Hay ideas que están muy consolidadas en la sociedad y en la gente, y que generan miedo. A mí me tocó recibir personas que no querían hacer el tratamiento por miedo. Entonces, la enfermera tiene que tener capacidad de escucha, de acompañamiento, paciencia para explicar. Por otro lado, la enfermera oncológica tiene un rol educador que es fundamental. Por supuesto, para poder educar, hay que estar capacitado, tener idoneidad. Pero, además, hay que tener destreza y habilidades manuales para poner una vía, habilitar un catéter. Hacer oncología es un desafío muy grande para la enfermera. 

–Uno imagina que el médico es bastante inaccesible; tiene muchos pacientes y poco tiempo y, por lo tanto, su paciencia para contestar preguntas es muy limitada. En cambio, al enfermero, el paciente lo tiene más “a mano”. ¿En el hospital, el enfermero despierta más confianza en la persona con cáncer que el médico? 

Aníbal Ávila. –No se puede comparar la relación que tiene con un profesional y con el otro. Pero lo cierto es que, si están internados, estamos las 24 horas al lado del paciente. ¡Es cierto que estamos al alcance de la mano! Por consiguiente, el vínculo que se establece es diferente. Y muchas veces somos los que terminamos traduciendo la información médica al paciente, los que aclaramos dudas o se las acercamos al médico para que se vuelvan a abrir espacios de diálogo que permitan calmar ansiedades, no solo del paciente, sino también de la familia. 

–Cuando uno está frente al médico surgen las preguntas más técnicas, pero después, cuando ve al enfermero, le afloran una cantidad de dudas más “cotidianas”, ¿no es cierto? Por ejemplo: ¿esto es lo mismo que les ocurre al resto de los pacientes? ¿Es un buen signo o no? 

Aníbal Ávila. –Este es el intercambio que se da porque también los tiempos en que estamos haciendo cosas alrededor del paciente son diferentes. Entonces, mientras los estamos higienizando o administrándoles un remedio, se da ese “ida y vuelta” de que se animen a preguntarnos cosas que tal vez no se animaron a preguntarle al médico. 


 

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“ Muchas veces somos los que terminamos traduciendo la información médica al paciente. ”

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–¿Recuerda alguna anécdota que refleje esa suerte de intimidad que se da entre enfermero y paciente? 

Aníbal Ávila. –A diferencia de Lili [Broggi], yo nunca pensé en hacer oncología. Cuando empecé en la profesión me inclinaba hacia la pediatría, pero la vida me llevó a que mi primer trabajo fuera en un servicio de oncología pediátrica, en el Hospital Italiano. [En una ocasión, tenía una pacientita]. Tenía que ser operada por una desarticulación de hombro a causa de un tumor y los papás no estaban en condiciones de acompañarla al quirófano. Entonces, me pidió a mí que la llevara y que estuviese con ella hasta que se durmiese. No fue una tarea fácil, pero era lo que necesitaba y allí estuvimos. Eso refleja la confianza que uno va construyendo… 

–¡Qué compromiso! ¿Cómo lo maneja el enfermero? 

Carlos González. –Yo agregaría algo a lo que dijo Liliana: que el paciente no solo liga el cáncer con la muerte, sino también con el dolor y la agonía. Entonces, cuando viene a internarse arrastra una gran carga emocional. 

Entonces, uno se encuentra sumido en un nexo que muchas veces también se tiñe de emoción, porque no estamos exentos de los sentimientos que cada uno de nosotros tiene por lo que le está pasando al paciente. De pronto, hay personas que hacen todo el tratamiento en el hospital, hasta el momento en que llega el punto de tener que partir. De alguna manera, 

la enfermera o el enfermero tiene que contener a la familia y a los otros pacientes. Es difícil ver a un chico con cáncer y hoy lamentablemente tenemos jóvenes de 20 o 25 años. Esto nos lleva a pensar en qué estamos haciendo para prevenir la enfermedad. Las estadísticas nos muestran que muchos de los cánceres que hoy existen son prevenibles, si los tomamos a tiempo. No obstante, por el trajín que tenemos, no nos hacemos los controles adecuados ni siquiera nosotros, los enfermeros y los médicos. 

–Sobrellevar un desenlace fatal es duro, pero cuando hay que sobrellevar muchos, sobrevienen los cuadros de estrés, de burnout. ¿Ustedes tienen que entrenarse especialmente o hacer algún tipo de psicoterapia para poder manejar estas situaciones repetidamente? 

Aníbal Ávila. –Las instituciones forman a los enfermeros con un perfil netamente médico-quirúrgico. Una gran carga de formación se orienta a lo biológico y a las enfermedades de mayor prevalencia en el país. No salen capacitados para insertarse en un servicio de oncología. Nosotros consideramos que los enfermeros oncológicos tienen que reunir tres elementos. En primer lugar, experticia, la experiencia para saber que a veces es necesario simplemente sentarse al lado del paciente y tomarlo de la mano. Con eso ofrecemos seguridad y podemos calmar un dolor. En segundo lugar, responsabilidad en la prestación profesional que requiere el paciente oncológico. Nosotros trabajamos con radiaciones ionizantes, con drogas citotóxicas, con tumores que de un momento a otro pueden sangrar o provocar hemorragias que conducen a la muerte. Y por último, nuestros propios valores. No estamos exentos del juego de emociones y sentimientos que nos provoca enfrentarnos a una enfermedad grave, un tabú en nuestro medio social. 

Liliana Broggi. –Yo sueño con que en los programas de la carrera de enfermería se incorpore al paciente oncológico y los cuidados paliativos como una materia, ya que las proyecciones indican que para 2020 van aumentar un 50 % los nuevos casos de cáncer. Tenemos que prepararnos para eso. 

–¿En la Argentina, son parte de la rutina los cuidados paliativos? 

Carlos González. –En algunas instituciones están instalados, pero tal vez un poco divorciados de la oncología clínica. No están insertos en un trabajo interdisciplinario. 

Aníbal Ávila. –Depende de las instituciones. En algunas, van bastante de la mano. Yo vengo de la pediatría, que nació ya como un trabajo de equipo, mucho más que el resto de las especialidades. En pediatría, en cuanto surgió la especialidad de Cuidados Paliativos, automáticamente empezaron a funcionar en forma conjunta con el resto de los servicios. Y también, se hizo un espacio para organizar grupos de contención para que el personal de salud canalizara la ansiedad propia de esta área. 

–En el país ya es casi un lugar común decir que hay un grave déficit de enfermeros. ¿Cómo ven ustedes la formación? ¿Qué dudas reciben de los colegas que toman cursos con ustedes? 

Aníbal Ávila. –Una de las grandes dificultades que todavía tenemos en nuestro país es la diversidad de formación en las distintas entidades, ya sea terciarias o universitarias, y la falta de una política para orientar el entrenamiento de acuerdo a la población que tenemos que atender. 

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“ Los enfermeros no salen capacitados para insertarse en un servicio de oncología. ”

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Por otro lado, no hay contralor de esa formación. Solo el año pasado fuimos incluidos como carrera de riesgo, lo que nos permitirá comenzar a recorrer el proceso de acreditación a través de la CONEAU. Esperamos que esto nos permita unificar criterios. Hay lugares donde uno sigue encontrando personas que hacen trabajo de enfermería sin tener la formación adecuada. En algunos tiene un peso importante dentro del sistema, y en otros, está siempre muy por debajo del ala del médico. Modelo, tenemos que aclarar, que nosotros también alimentamos, porque nos sentimos más cómodos. Donde ese modelo médico hegemónico es muy fuerte es donde uno encuentra el personal de enfermería con mayores temores, con mayores dudas. 

Liliana Broggi. –Lo que encontramos en todas las provincias son las mismas ganas de aprender, de hacer bien las cosas. Eso es algo positivo. Se diría que en las provincias más pobres es donde vimos que más dificultad tienen para lograr calidad. 

–¿Hay poco reconocimiento al enfermero? 

Carlos González. –Sí, pero creo que mejoramos. Si uno hace balance histórico, vemos que cada vez hay mayores recursos formados. Cuando uno entra al mercado laboral siente un choque muy fuerte. Fuimos formados con cierta tecnología, con ciertos recursos y resulta que nos encontramos frente a una realidad totalmente diferente. 

Mi primer instrumento de trabajo, allá por la década del setenta, cuando empecé en el Hospital Muñiz, fue una olla con jeringas adentro. Y les puedo asegurar que durante mi formación nunca me habían hablado de una olla con jeringas. Me causó un impacto muy fuerte, porque yo no sabía qué hacer con la olla. Y hoy pasa algo similar: el enfermero está siendo formado en la más alta tecnología.

–Para el siglo XXI… 

Carlos González. –Y resulta que vamos a un servicio donde a veces no tenemos recursos para hacer frente a la atención. Por ejemplo, nosotros estamos formando enfermeros que no están reconocidos como especialistas, aunque la oncología es totalmente diferente de la terapia intensiva, o de la pediatría –una enfermera que tiene que estar luchando contra el dolor, la agonía y la muerte, contra sus propios sentimientos. Los médicos y enfermeros no estamos formados para hacer frente a esta enfermedad del adulto mayor. 

–¿El enfermero también tiene una tarea en la prevención y el control del tratamiento? 

Aníbal Ávila. –En algunas instituciones, sí. De hecho, hay grupos multidisciplinarios donde se estudian causas genéticas de los tumores y se incorporó la enfermería. Son equipos multidisciplinarios. En la Argentina este enfoque es todavía muy incipiente, pero en los Estados Unidos los enfermeros hacen el seguimiento de familiares de pacientes que tuvieron cáncer para analizar su riesgo. 

Carlos González. –En general, las ciencias de la salud no están orientadas a la prevención. Sí hay enfermeras que trabajan en prevención en los centros sanitarios que están en la periferia del hospital, lo que se llama “área programática” y, generalmente, insertos en lugares de muy bajos recursos. Allí, el enfermero y la enfermera cobran un papel preponderante en la prevención. No solamente en cáncer sino también en embarazos no deseados o enfermedades de transmisión sexual. 

–De la misma manera, podrían tener un papel en el seguimiento del paciente una vez que fue curado o controlado.

Carlos González. –Hoy tenemos que pensar que el paciente dejó de ser objeto exclusivo de la actividad médica. Requiere de otros profesionales para poder llevar adelante su tratamiento. En Cuba, por ejemplo, existe la enfermera “de familia”, que se encarga de llamar periódicamente al paciente –o a la persona sana– y de recordarle las vacunas, o las consultas con el ginecólogo para hacerse sus controles de rutina.
Incluso, las muestras del Papanicolaou y la colposcopia las toman las enfermeras. En centros periféricos de la provincia de Buenos Aires, tuve la oportunidad de ver cómo de pronto la enfermera escuchaba toser al paciente, e iba con un contenedor para esputo y le tomaba la muestra para ver si tenía una patología respiratoria. Eso es trabajar en prevención y con pocas herramientas. 


 

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