Entrevisto Lic. Ignacio Zervino
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Trabaja en hospitales con pacientes oncológicos. Pero no es médico ni enfermero: es economista. El Lic Ignacio Zervino integra una organización que enfoca otro de los múltiples aspectos que influyen en el tratamiento del cáncer, que es el acceso a los tratamientos. El director de relaciones institucionales de la Fundación Atención Comunitaria Integral al Paciente Oncológico (Aciapo) trajina todos los días con las múltiples dificultades que enfrentan los pacientes receptores de un diagnóstico que los abruma y reconoce que hay todavía mucho por hacer para que los avances médicos lleguen a todos. 

 

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“ Hay que discutir cómo se acomoda la cobertura de los tratamientos a la realidad. ”

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Es frecuente que se hable de los descubrimientos, de los avances científicos, pero pocas veces vemos hablar de la otra dimensión del cáncer, que es el impacto económico que tiene en la familia y en la sociedad, porque con nuevos tratamientos cada vez más avanzados, se corre el riesgo de que éstos estén al alcance de una minoría. ¿Hay estudios hechos sobre cuánto invierte el país en el tratamiento del cáncer?

–Hay estudios sobre tratamientos y en la etapa previa de detección y diagnóstico, lo que se invierte en medicamentos, en equipamiento y en honorarios médicos y de personal auxiliar. Lo que falta (y en lo que estamos enfocados ahora) es tener en claro cuál es el impacto económico total que tiene la enfermedad; es decir, cuantificar las consecuencias del cáncer en el paciente que es sostén de familia, y que tiene que atravesar el tratamiento, quien ve disminuida su capacidad de trabajar, a veces un año o más, necesita que otros familiares dejen de trabajar para poder acompañarlos. Desde Aciapo consideramos que existe todo un campo de investigación para medir cuál es el impacto de la enfermedad y poder diseñar las estrategias para sostener su nivel de vida, durante y después del tratamiento también. 

–¿Podemos ponerle un número a ese cúmulo de factores? Por ejemplo, ¿cuánto gasta mensualmente en promedio un paciente que está haciendo un tratamiento oncológico? 

–Es muy difícil estimar el costo del tratamiento. Sabemos que existen muchos costos asociados, ganancias que el paciente o su familia dejan de generar, cambios en la alimentación, traslados, alojamiento, fundamentalmente en las provincias del interior donde hay menos centros de tratamiento. Es muy difícil medirlo y hay pocos trabajos al respecto. Lo que estamos haciendo ahora son encuestas en profundidad a pacientes y familiares de todo el país que han atravesado la enfermedad para poder, tal vez no dar un número en pesos, pero sí establecer un porcentaje de cuánto disminuye el ingreso familiar a raíz de un tratamiento, y sobre todo indagar sobre cuáles fueron las estrategias del entorno para poder sostener y llevar adelante el grupo familiar. Creo que también mostrando esas estrategias se pueden generar sinergias con otras áreas del Estado, como el Ministerio de Desarrollo Social, el Ministerio de Salud, para descubrir qué mecanismos es necesario apuntalar para que esas estrategias que desarrollan muy solitos los familiares, puedan verse reforzadas a partir de acciones del Estado. 

–Todos los estudios sobre nuestro sistema de salud coinciden en su gran fragmentación. ¿La superposición de seguros, que conduce a malgastar recursos, también resulta en mayores obstáculos para el acceso de los pacientes al tratamiento del cáncer? 

–Sí, desde ya. Por un lado, se pierden mucha energía y muchos recursos. Por otro, gran parte de nuestro trabajo de acompañamiento consiste en desenmarañar este sistema, a partir de la experiencia de haber recorrido el camino varias veces con distintos pacientes, para ver qué es lo que va a permitir el acceso en tiempo y forma al tratamiento. Nosotros vemos en pacientes de hospitales públicos que a veces puede pasar hasta un año desde que aparece el primer síntoma, la consulta, el hecho puntual que disparó la sospecha o que se hayan empezado a hacer una serie de estudios hasta que se inicia el tratamiento. Eso en oncología es crítico. Y a veces se dilapidan muchísimos esfuerzos que podrían invertirse en prevención, tanto primaria como secundaria. 

–Estamos todos de acuerdo en que es mejor prevenir que curar, pero una vez que está instalado el proceso oncológico hay que hacerle frente y muchas veces para el paciente es una tarea kafkiana encontrar la manera de acceder a una cobertura, si bien en el país está garantizada y debería ser universal, pero en los hechos no lo es tanto. ¿Cómo es la experiencia de ustedes en los hospitales en los que trabajan? 

–Nosotros acompañamos a los pacientes desde los servicios de oncología en el hospital Sanguinetti, de Pilar, y el Hospital Central de San Isidro. Lo que hacemos es acompañar a los pacientes en todo el recorrido que comienza con realizarse los estudios, llevar toda la documentación al día y, cuando esté el plan de tratamiento, obtener las drogas indicadas. Porque muchas veces los hospitales municipales y provinciales carecen del servicio social que sería necesario. 

–¿Hay un sesgo medicalizador que pasa por alto los aspectos sociales del cáncer? 

–Basta con tener en cuenta que al shock emocional que produce el diagnóstico en el paciente hospitalario que carece de las herramientas como para encarar un proceso burocrático, se le suman las dificultades de tener los documentos en fecha, no perder un turno, pedirlo a tiempo... En el interior del país, no es tanto el problema del acceso a las drogas sino el inconveniente de los traslados, alojarse en un centro urbano donde se puede hacer el tratamiento, poder sostener ese viaje periódico, muchas veces acompañado, porque el paciente que se realiza quimioterapia o rayos no puede volver solo o tener que quedarse en compañía de un familiar, ése es un costo muy grande para las familias. Hay organizaciones del interior que concentran su esfuerzo en tener un lugar donde los pacientes se puedan quedar uno o dos días, darle alojamiento a la familia. Hay una batalla muy importante de las organizaciones por el reconocimiento de los gastos, porque a veces el paciente tiene que recorrer 300, 400 km hasta el centro de tratamiento y eso tiene un costo que no puede afrontar. 


 

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“ Lo que falta […] es tener en claro cuál es el impacto económico total que tiene la enfermedad. ”

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–La Argentina es, en el contexto de América Latina, uno de los países con mayor cobertura de drogas oncológicas, que deberían ser 100 % gratuitas para los pacientes. ¿Eso se cumple en los hechos? 

–Efectivamente, la Argentina está muy por encima de lo que es el promedio de cobertura de América Latina, tenemos cobertura universal. Lo que ocurre es que el sistema no facilita las cosas. Lo que vemos es que cuando hay problemas financieros en el Estado muchas veces el nivel de rechazos o demoras aumenta por los propios desafíos que representa abordar una medicina cada vez más personalizada, con más medicamentos biológicos, que intentan mejorar la calidad de vida y la sobrevida de los pacientes, pero cuyo costo se hace muchas veces difícil de afrontar. Hay un sistema que cruje. 

–¿Es posible sostener cobertura universal para todos con tratamientos, estudios y medicamentos cada vez más caros? 

–Desde ya que los recursos no son infinitos. Pero desde nuestra perspectiva vemos que necesariamente hay que establecer criterios y pautas en el acceso, que puedan poner orden en el sistema de salud en general, pero particularmente en oncología, donde aparecen tratamientos nuevos en forma permanente. Hay muchísima expectativa por menores efectos adversos, puntualmente en los tratamientos de quimioterapia, a partir del crecimiento de los medicamentos biológicos. Pero bueno, tienen un correlato económico que el sistema de salud tiene que soportar. 

Y muchas veces lo que ocurre cuando hay problemas de acceso es que, como existe el derecho, el que tiene un abogado finalmente termina accediendo a través de un recurso de amparo, y el otro que está en una localidad alejada, sin asesoramiento, que ni siquiera sabe que tiene el derecho, se queda afuera. Entonces el sistema termina funcionando al contrario de lo que era el espíritu de la norma. Pero esto ocurre cuando existen crisis. El sistema tiene una cobertura, se accede a los tratamientos y muchas veces se requiere de un acompañamiento sostenido, pero se accede. Sin duda hay muchísimas cuestiones burocráticas para mejorar. Lo que sí es necesario, me parece, es dar esa discusión de fondo para que el sistema sea más viable al largo plazo. 


 

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“ En las zonas rurales los pacientes suelen llegar con una enfermedad más avanzada. ”

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–¿Qué se puede cambiar desde el punto de vista administrativo para mejorar la atención del paciente con cáncer? 

–El hospital Sanguinetti de Pilar, donde somos fundadores del servicio de oncología, es más pequeño. Allí administramos el servicio de quimioterapia, tenemos más flexibilidad para anticiparnos a los problemas. El Hospital Central de San Isidro tiene otra escala, es 8 o 10 veces más grande. Allí estamos tratando de documentar, mediante un relevamiento de casos, cómo se puede tomar decisiones administrativas que mejoren las posibilidades de sobrevida llegando antes. Cómo acortar los tiempos con una mejor comunicación entre los distintos servicios para ganar tiempos. 

–¿Se pueden acortar los tiempos? 

–Sí, es posible. Hay muchísimo para mejorar y buena voluntad de los hospitales. 

–¿Hay algún estudio que compare la precocidad en la detección entre grandes ciudades y localidades rurales? 

–En las zonas rurales los pacientes suelen llegar con una enfermedad más avanzada, con una sintomatología muy evidente y donde hay muchísimo menos para hacer, y donde además, es mucho más costoso actuar. Así que esto de la detección temprana no es solo una cuestión de sobrevida, sino también de hacer más eficiente el sistema. Y cuando digo prevención, llegar antes, no solo prevención secundaria, la mamografía, el estudio; sino prevención primaria, educación, hábitos de vida sana, no fumar, no al sedentarismo. 

–¿Las fallas en detección precoz podrían deberse a la carencia de una buena red de atención primaria en los barrios, en las ciudades pequeñas, en los pueblos? 

–Claro, pero sobre todo lo que se puede hacer es crear conciencia. El cáncer debería figurar más en la agenda de salud, para que sea la persona la que, al identificar síntomas o factores de riesgo, se acerque al centro médico. 

–¿Si pudiera establecer una agenda ideal, cuáles diría usted que son las principales líneas en las que habría que trabajar desde el punto de vista social y administrativo para mejorar la atención oncológica? 

–Desde nuestra experiencia, hay principalmente dos desafíos. Uno tiene que ver con la sustentabilidad de la medicina personalizada. Hay muchas esperanzas depositadas en los medicamentos biológicos, pero ¿quién los va a financiar? Necesitamos generar un consenso dentro del sistema de salud para poder tener una planificación a largo plazo de cómo va a ir acomodándose la cobertura que tenemos a las nuevas realidades. El segundo consiste en fortalecer la prevención primaria y la secundaria. Tanto la educación como la capacidad de realizar estudios. Llegar a las periferias con información, pero también con capacidad de respuesta para la gente que venga a hacer una consulta. 

Hay que blanquear el sistema, acomodarlo, sin resignar nada porque se ha conseguido muchísimo. Cuando uno habla con organizaciones de otros países, envidian logros que nosotros alcanzamos. Hay que dejar de lado la hipocresía y analizar hasta dónde llega esta cobertura que todos queremos que se sostenga. Y discutir cómo acomodar este sistema a la realidad. 


 

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