Testimonios
Cáncer de mama y diagnóstico
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Un llamado cambió mi vida para siempre. Aquel día de 2008 la voz preocupada de Verónica, la secretaria de mi médico, no auguraba buenas noticias. El día anterior había dejado en el consultorio unos estudios que el doctor no pudo analizar porque había tenido que salir a causa de una urgencia. Quedaron entonces en comunicarse conmigo. Meses atrás mi marido se había quedado sin trabajo por lo que yo iba a dar de baja a mi obra social, algo que le comenté a Verónica. Pero cuando ella me habló, su consejo fue que no lo hiciera porque la necesitaría. La preocupación de Verónica era fundada: los estudios arrojaron la posibilidad de un cáncer de mama. 

Ante este panorama, me hicieron una nueva mamografía, después la marcación y, por último, la cirugía. Todo pasó muy rápido, en una sola semana. No me quedó otra opción que ser fuerte. Solo tenía pensamientos relacionados con la muerte y el dolor. Sin embargo, fui con esperanzas a la operación. Quise pensar que sería solo un nódulo. Pero cuando salí de la cirugía, el médico me dijo que me habían realizado una mastectomía completa de la mama derecha y me habían quitado 16 ganglios porque tenía dos tumores. 

Recuerdo que el doctor confirmó que era lo mejor para mí, incluso habló con mi familia y les aseguró que eso es lo que él hubiera hecho con un familiar suyo. Yo siento que “mi doctor” me salvó la vida. 

Durante las curaciones del postoperatorio, me sugirieron hacer un viaje con mi familia, así a la vuelta, podría encarar el tratamiento con mejor ánimo. Pude descansar y prepararme para la etapa que vendría. A mi regreso, el oncólogo me explicó la rutina: tres fases de quimioterapia y un anticuerpo monoclonal. 

Al ver que se trataba de un proceso muy extenso, quise realizar una segunda consulta con otro médico que confirmó lo que había dicho el primero, pero aconsejaba hacer la quimio en su consultorio.

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Como yo deseaba hacerla en un hospital porque me sentía más segura y, como tenía mucha confianza en el Fleni, busqué un oncólogo de este centro, que ratificó el tratamiento de los dos especialistas anteriores. Estuvo más de una hora conteniéndome y me explicó que para el tipo de cáncer que padecía (Her2 positivo), había una medicación nueva, que podía funcionar; eso me dio ánimo. 

Las enfermeras se portaron de maravillas. Una de ellas me daba fuerzas y me abrazaba cada vez que iba a realizarme el tratamiento. Fue difícil: las primeras quimios fueron muy extensas pero con el tiempo duraban menos. Pero en enero de 2010 terminé con el tratamiento. Hoy, con el tiempo que pasó, lo veo lejano. Creo que es por lo bien que me siento.

Quise vivir la enfermedad de forma natural, sin ocultarla y aceptando lo que me había tocado. Como yo lo tomaba así, mis hijas también lo vivían así. Mi esposo me contuvo mucho, siempre fue muy compañero y comprensivo conmigo, y mis hermanos se turnaban para cuidarme, cocinarme y mimarme.

Es cierto que no estaba cómoda: tuve vómitos y náuseas y, en varios momentos, me sentí débil, sin hambre y necesitaba permanecer en la cama. Me quitaba fuerzas verme así: pelada y amputada, pero creo que pude superarlo porque tomé herramientas para fortalecerme. En cuanto me sentía mal, aparecía la contención de la psicóloga especialista en oncología que me brindaba una energía bárbara y me recomendaba que simplemente pensara que me había roto una pierna y que tenía que estar enyesada por un tiempo. También concurría mucho a la Iglesia y creo que mi encuentro personal con Dios fue fundamental en mi crecimiento espiritual, y eso me tranquilizaba. 

Empecé a cantar y contraté a una profesora para tocar el piano. Sentía que con la voz sacaba un montón de cosas y liberaba la angustia contenida. Y cuando no tenía fuerzas, ella venía igual y, al menos, escuchábamos música que, sin dudas, me ayudó muchísimo. 

El año pasado combiné con mi médico extirpar la otra mama, por prevención. Preferí no correr el riesgo ya que había posibilidades de que el tumor reapareciera. Me recomendaron un cirujano plástico, que me operó y quedé muy contenta con el resultado porque en seguida empecé a verme y sentirme mejor. 

Ahora miro atrás y reconozco que fue un año difícil pero que me enseñó a perdonar, a ponerme en el lugar del que sufre, a disfrutar, a no exigirme más de lo que puedo dar y a vivir la vida con lo que me da. La clave está en poder tomar el diagnóstico de la manera más natural posible, aceptarlo y ponerle “garra”. Es la realidad que toca transitar pero también va de la mano de crecer y evolucionar en la vida. 

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