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En febrero de 2012, mientras jugaba a pelota paleta me di un golpe en la mama derecha. Realicé una consulta y el médico me comentó que el hematoma era sangre que debía reabsorberse. A los seis meses, seguía con molestias por el golpe por lo que consulté nuevamente al médico y, luego de unos estudios, me diagnosticaron cáncer de mama. A la salida del consultorio, me subí al auto y recuerdo un momento en particular: vi la película de mi vida en pocos segundos, con imágenes de mi infancia, nacimientos de mis hijos y de mi familia. Me angustiaba la posibilidad de no estar para ocuparme de mis hijos y se convirtió en un pensamiento permanente que me invadía. 

El paso siguiente fue la operación en la que me realizaron un vaciamiento axilar. Luego empecé quimioterapia, pero la situación empeoró. Con los resultados de un centellograma y una resonancia magnética, los médicos me recomendaron frenar el tratamiento ya que habían encontrado una metástasis que avanzaba en mis huesos. 

Así y todo, hablé con el cirujano que me operó y me dijo que me veía muy bien y que tenía mucha fuerza. Siempre supe que iba a salir adelante y que el cáncer no iba a poder conmigo. Me pregunté por qué me pasaba a mí pero después entendí que, en mi caso, el interrogante era para qué. Creo que necesitaba un cambio de actitud y que tuve que pasar por la enfermedad para hacerlo. No le quise dar lugar a la depresión y estoy convencida que viví tantas amarguras que yo misma me enfermé y es por eso que iba a eliminar a la enfermedad. Me cambió la vida por completo, hoy siento y disfruto más de las cosas cotidianas. Es una lástima que haya tenido que pasar por una experiencia así para darme cuenta del cambio pero lo volvería elegir.

 

Al principio del tratamiento encontré problemas con el acceso a la medicación. Los oncólogos del Hospital de San Isidro, donde me atendía, la recetaban y yo hacía el pedido al banco de drogas del Hospital Cetrángolo, que a su vez la solicitaba a la gobernación en La Plata. Cada 21 días retiraba la medicación, aunque muchas veces tardaba en llegar. Cuando faltaba, preguntaba dónde podía conseguirla directamente, incluso pensé en la manera de juntar dinero para comprarla pero los precios eran (son) altísimos. Fue desesperante ya que no sabía a quién acudir y mi familia estaba preocupada. Lamentablemente se me habían juntado dos tratamientos de quimioterapia ya que los pedidos llegaban demorados o incompletos. En vez de nueve ampollas, recibía cuatro. Incluso, en el Hospital Cetrángolo siempre que me entregaron la caja con medicamentos, la abrieron delante de mí, evidentemente la medicación salía incompleta desde La Plata. 

Además, siempre conté con el apoyo de la Fundación Aciapo (Atención Comunitaria Integral al Paciente Oncológico) que trabaja, entre otros temas, en conseguir medicación. Me acerqué como paciente y ahora soy voluntaria. La fundación me brindó todo, desde contención hasta soporte con las drogas. Hoy trato de devolver toda la ayuda que me brindaron, y me hace bien. 

Actualmente, continúan los problemas con el acceso a la medicación, lo veo con regularidad en Aciapo y eso pone en riesgo la vida del paciente. En estos casos lo que se recomienda es llevar las drogas recibidas e intentar conseguir lo restante por medio de fundaciones que trabajan en conjunto. 

En la fundación entendí que el cáncer no es más sinónimo de muerte y lo comprobé yo misma. Hoy en día me hago quimioterapia cada 21 días y por ahora no tengo indicada una fecha de finalización. Realizo los controles y sigo con mi actividad normal. Lo tomo como parte de mi vida. 

 

Soy otra persona, me encontré conmigo misma, tengo tranquilidad, me siento libre, me cuido. 

Elegí luchar.

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