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Cáncer de mama y trabajo Por Andrea Benaim

 

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Mientras lavaba una fuente sentí una molestia en la axila. Fui al médico clínico quien me indicó que me realizara una mamografía. Luego mi ginecólogo, con el estudio en la mano, me pidió una mamografía magnificada. Por último, consulté a un mastólogo que aseguró que habría que operar porque lo que yo padecía era un nódulo y microcalcificaciones en toda la mama. Me aclaró también que, recién en el momento de la intervención, decidirían si tendrían que hacer una mastectomía. Finalmente, eso fue lo que ocurrió porque se trataba de un cáncer de mama agresivo y los ganglios de la axila estaban afectados. Siempre recuerdo la primera sensación al despertar de la operación: “un camión con acoplado me había pasado por encima”. Por suerte tuve una buena recuperación y comencé un tratamiento de quimioterapia y luego rayos. 

Pero en esa vivencia se me presentó una oportunidad. Tuve que transitar la enfermedad, experimentar ese cimbronazo para terminar de encontrar mi misión; mi destino era otro. 

Soy licenciada en sistemas y antes de conocer el diagnóstico trabajaba de manera independiente. Además siempre me había interesado por la acción social. Así fue que investigué otros casos similares al mío y conocí la Fundación MACMA (Movimiento Ayuda Cáncer de Mama). Quería saber lo que hacían. Me hizo bien acercarme a pacientes recuperados que hablaban el mismo lenguaje que yo. Había mucha empatía y ver mujeres que pudieron superar la enfermedad me hizo entender que éste es un proceso que hay que caminar, pero que se puede. 

En MACMA estuve como voluntaria. Necesitaba devolver de alguna manera toda la ayuda que había recibido. Recuerdo que en un verano fuimos con MACMA a Mar del Plata con un camión equipado para realizar mamografías y dimos charlas sobre la prevención del cáncer de mama. 

Tiempo después, un amigo me propuso ayudar en una organización de deporte y discapacidad, lo que acepté gustosa. En 2005 estábamos con esta fundación en la Copa Davis en el Buenos Aires Lawn Tennis Club donde conocí a Cecilia Baccigalupo, una ex tenista tricampeona mundial de padel que presidía su entidad de deporte y discapacidad. Entre las dos quisimos que los jóvenes que estaban mirando el partido pudieran entrar a pelotear con los tenistas y lo logramos; de hecho salimos en los diarios. Comencé a trabajar en la Fundación Baccigalupo donde acercamos el deporte a niños con discapacidad intelectual, desde los cuatro años hasta la adultez. Buscamos que puedan integrarse a la sociedad, que mejoren su calidad de vida y que potencien su desarrollo psicofísico. Las actividades que realizamos son fútbol, pádel, hockey, básquet, iniciación deportiva, tenis y running. Estamos en varias regiones del país, hacemos eventos y participamos en maratones y torneos nacionales. 

En la fundación y, desde mi lugar, aplico y sistematizo los conocimientos adquiridos en mi formación profesional. Me llena de satisfacción ver a los alumnos avanzar y que muestren lo que pueden hacer. Aunque pasamos momento difíciles, en la pasión por mi trabajo me vuelvo a enamorar de lo que hago. La alegría y la energía me la dan ellos, que siempre tienen algo nuevo para enseñarme. 

Hace ya diez años que siento que ingresar en el mundo de las organizaciones sociales es mi misión, lo tomo como una segunda oportunidad porque puedo volcar algo que siempre tuve dentro. 

 

“ Me emociona y me enorgullece dar este espacio al que lo necesita. ”

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